* * *
El poema es un aullido.
Y una guarrada.
Afuera, la luna llueve.
* * *
miércoles, noviembre 16, 2005
lunes, noviembre 14, 2005
miércoles, noviembre 09, 2005
sábado, noviembre 05, 2005
martes, noviembre 01, 2005
Ante todo se trata de un asunto de perspectiva. Sentirse de pronto tentado por la posibilidad de reinventarse las manos a través de esa perversión que es la escritura, resulta ser un asunto siempre y en todos los casos tangencial. Escribir es pensar de manera obsesiva en lo otro, en lo ajeno, en lo no-uno.
El ensimismamiento, el monólogo interior, la aparente reflexión no son sino imposturas que revelan lo incompleto y fatal de la escritura: no escribo yo, son mis manos. Solamente conozco mi escritura -la que creo o reconozco como mía- a través del ejercicio maniqueo de la escritura. Y la escritura, por supuesto, siempre está pensando en otra cosa cuando coincidimos.
Todo se resume, de manera inevitable, a la espera de ese día, de ese momento, de esa posibilidad. A cuando. A entonces. A sí.
El ensimismamiento, el monólogo interior, la aparente reflexión no son sino imposturas que revelan lo incompleto y fatal de la escritura: no escribo yo, son mis manos. Solamente conozco mi escritura -la que creo o reconozco como mía- a través del ejercicio maniqueo de la escritura. Y la escritura, por supuesto, siempre está pensando en otra cosa cuando coincidimos.
Todo se resume, de manera inevitable, a la espera de ese día, de ese momento, de esa posibilidad. A cuando. A entonces. A sí.
domingo, octubre 23, 2005
sábado, octubre 22, 2005
domingo, agosto 14, 2005
miércoles, agosto 10, 2005
Las relaciones con la poesía deberían ser siempre problemáticas. Un poema que no mueve algo, que no cambia las cosas de sitio o genera comezón en alguna parte del cuerpo (axilaje, hipogastrio, planta pódica) resulta infelizmente en palabraje inmemorial, luego pasto de tambo. El poema como punzón, cautín, hiedra de veneno, piedra en el zapato o serrucho; el poeta como líder carismático, fundamentalista de algos, golpeador de cantina, zancudo de cama o mal payaso; la poesía corte, guamazo, zumbido, hermanito preguntón o caldo derramado.
La poesía debería ser siempre una molestia para alguien.
La poética es un estudio de caso.
La poesía debería ser siempre una molestia para alguien.
La poética es un estudio de caso.
jueves, octubre 14, 2004
Berlín 77,
de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal
(o un adiós muy otro a la crucial aventura físico-matemática de Sir Isaac Newton, pobrecito)
En su tratado Principios Matemáticos de Filosofía Natural, publicado en 1687, Sir Isaac Newton cristaliza un trabajo que durante más de veinte años fue el centro de sus atenciones: en esta obra crucial para la brecha del entendimiento humano, propone su conocida ley de la gravitación universal: dos cuerpos se atraen con una fuerza proporcional a sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancias que las separa. Asimismo, el genio del genio inglés que Sir Isaac poseía, le da aún para presentar tres principios que hoy consideramos como puntales en el estudio de la mecánica de los cuerpos sólidos, a saber:
UNO: Todo cuerpo permanece en reposo o continúa su movimiento en línea recta con velocidad constante si no está sometido a una fuerza exterior.
Claro, hasta que aparece Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal y propone que la literatura puede estar contenida lo mismo en el rincón más oscuro del cuarto que en la ventana luminosa de un baño de señoritas. Su voyeurismo no tiene límites. Fisgonea por igual en el espacio improbable y frecuente de la necrofilia como en el dulce borborigmo de un adjetivo revolucionado.
No hay cuerpo que permanezca en reposo, ni movimiento lineal que sobreviva a la recta de una manera constante: las letras, evidentemente, laten, mantienen cierta pulsión vital que las lleva a exquisiteces directamente cercanas al canibalismo e inversamente proporcionales a las normas generales que mueven al lenguaje. En Berlín 77, todo es movimiento, desde los personajes multifuncionales hasta las partes intercambiables de cierto esquema tan divertido como improbable.
En cuanto a la fuerza exterior, ¿cómo saberlo? Quizá el cúmulo de lecturas, los perversos, maquiavélicos vericuetos obsesivos del autor, puppet master de indefensos lectores en busca de certezas narrativas. Eso, o las andanzas por esos espacios ficcionales y cotidianos que son la ciudad, sus partes e impudores, piezas que terminan por ser la línea definitoria, quizá la única, a lo largo del un texto que parece rehuir todo intento de clasificación.
DOS: El cambio de movimiento de un cuerpo es proporcional a la fuerza exterior, inversamente proporcional a la masa del cuerpo y tiene lugar en la dirección de la fuerza.
El engaño es llevado hasta sus últimas primeras causales consecuencias. Se trata de extenuar la enunciación narrativa más allá de lo que el decoro, la academia y el sentido común suelen utilizar como base cierta, efectiva y sosegada. En Berlín 77 podemos encontrar un indicio evidente de que la literatura es un juego imposible pero terco de reglas con virtudes decididamente elásticas.
En todo caso, una aclaración: si bien el cambio de movimiento del cuerpo textual es directamente proporcional a la extravagancia de su enunciación, en este caso la relación entre peso e ingravidez de las palabras es inversamente proporcional al cuadrado de la suma de sus arrojos. La guardarropía léxica de Carlos resulta ser, más allá de sus extremos cercanos a la disfunción, una bien urdida trama de palabras que, si se observa un poco y con cierto detenimiento, resulta más cercana a la formalidad que al caos. Aún así, el grado de extrañamiento que jaspea al libro de principio a fin, lo hace lucir sus dotes de ave extraña, de máquina de signos al borde del colapso.
Berlín 77 es un texto excéntrico y cortocircuito.
TRES: A toda acción se opone una reacción, igual y de sentido contrario.
Sucede sobre todo que la propuesta escritural de Carlos parece desafiar de manera tan sistemática como socarrona las brillantes ideas que hace más de trescientos años formuló el buen señor Newton. La gravedad no va con él. Las proporciones resultan invariablemente desfasadas. La relación mecánica entre los cuerpos de su pluma, hoy teclado, no admite sujeciones.
En este sentido, Carlos hubiese sido el cronista ideal a la hora de narrar, allá en los orígenes del tiempo, el instante preciso en que el caos dejó de serlo para convertirse en la nada primigenia que nos nombra como punto de partida. Todo es todo; todo significa; nada puede ser incidental; la mecánica de la ficción funciona por fractales tan maquiavélicos como minuciosos: la nueva geometría del texto asume el carácter crucial de cada una de sus partes. Y las expone. Y las multiplica.
El libro es una suma de hipérboles acuclilladas, ensimismadas. Hipérboles que son hipérbolas o, más bien, lanzamientos hiperbólicos desde la trinchera de la creación dolosa hacia la fibra tenaz del ingenio lectural. El lector es lo mismo un gambusino ilusionado que un pescador estructuralista: lanzarse al abismo de Berlín 77 es caminar de espaldas y en sentido contrario el camino de la deconstrucción.
* * *
En cuanto al libro en tanto libro, ese objeto extraño, solamente una precisión:
Esta novela es una serie de cuentos perfectamente tipificables en su género. Se trata de tres relatos que, a partir de su construcción, podemos ubicar en el ámbito inequívoco de la noveleta. Vaya: hablamos de una triada de correlatos que, por la vía del cotexto, superponen sus relaciones de yuxtaposición a las funciones poético-referenciales que las contienen y definen como lo que son: una lectura tan inequívoca como polisémica, tan intensa como abarcadora, tan excéntrica como antigravitacional.
O algo así.
de Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal
(o un adiós muy otro a la crucial aventura físico-matemática de Sir Isaac Newton, pobrecito)
En su tratado Principios Matemáticos de Filosofía Natural, publicado en 1687, Sir Isaac Newton cristaliza un trabajo que durante más de veinte años fue el centro de sus atenciones: en esta obra crucial para la brecha del entendimiento humano, propone su conocida ley de la gravitación universal: dos cuerpos se atraen con una fuerza proporcional a sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancias que las separa. Asimismo, el genio del genio inglés que Sir Isaac poseía, le da aún para presentar tres principios que hoy consideramos como puntales en el estudio de la mecánica de los cuerpos sólidos, a saber:
UNO: Todo cuerpo permanece en reposo o continúa su movimiento en línea recta con velocidad constante si no está sometido a una fuerza exterior.
Claro, hasta que aparece Carlos Adolfo Gutiérrez Vidal y propone que la literatura puede estar contenida lo mismo en el rincón más oscuro del cuarto que en la ventana luminosa de un baño de señoritas. Su voyeurismo no tiene límites. Fisgonea por igual en el espacio improbable y frecuente de la necrofilia como en el dulce borborigmo de un adjetivo revolucionado.
No hay cuerpo que permanezca en reposo, ni movimiento lineal que sobreviva a la recta de una manera constante: las letras, evidentemente, laten, mantienen cierta pulsión vital que las lleva a exquisiteces directamente cercanas al canibalismo e inversamente proporcionales a las normas generales que mueven al lenguaje. En Berlín 77, todo es movimiento, desde los personajes multifuncionales hasta las partes intercambiables de cierto esquema tan divertido como improbable.
En cuanto a la fuerza exterior, ¿cómo saberlo? Quizá el cúmulo de lecturas, los perversos, maquiavélicos vericuetos obsesivos del autor, puppet master de indefensos lectores en busca de certezas narrativas. Eso, o las andanzas por esos espacios ficcionales y cotidianos que son la ciudad, sus partes e impudores, piezas que terminan por ser la línea definitoria, quizá la única, a lo largo del un texto que parece rehuir todo intento de clasificación.
DOS: El cambio de movimiento de un cuerpo es proporcional a la fuerza exterior, inversamente proporcional a la masa del cuerpo y tiene lugar en la dirección de la fuerza.
El engaño es llevado hasta sus últimas primeras causales consecuencias. Se trata de extenuar la enunciación narrativa más allá de lo que el decoro, la academia y el sentido común suelen utilizar como base cierta, efectiva y sosegada. En Berlín 77 podemos encontrar un indicio evidente de que la literatura es un juego imposible pero terco de reglas con virtudes decididamente elásticas.
En todo caso, una aclaración: si bien el cambio de movimiento del cuerpo textual es directamente proporcional a la extravagancia de su enunciación, en este caso la relación entre peso e ingravidez de las palabras es inversamente proporcional al cuadrado de la suma de sus arrojos. La guardarropía léxica de Carlos resulta ser, más allá de sus extremos cercanos a la disfunción, una bien urdida trama de palabras que, si se observa un poco y con cierto detenimiento, resulta más cercana a la formalidad que al caos. Aún así, el grado de extrañamiento que jaspea al libro de principio a fin, lo hace lucir sus dotes de ave extraña, de máquina de signos al borde del colapso.
Berlín 77 es un texto excéntrico y cortocircuito.
TRES: A toda acción se opone una reacción, igual y de sentido contrario.
Sucede sobre todo que la propuesta escritural de Carlos parece desafiar de manera tan sistemática como socarrona las brillantes ideas que hace más de trescientos años formuló el buen señor Newton. La gravedad no va con él. Las proporciones resultan invariablemente desfasadas. La relación mecánica entre los cuerpos de su pluma, hoy teclado, no admite sujeciones.
En este sentido, Carlos hubiese sido el cronista ideal a la hora de narrar, allá en los orígenes del tiempo, el instante preciso en que el caos dejó de serlo para convertirse en la nada primigenia que nos nombra como punto de partida. Todo es todo; todo significa; nada puede ser incidental; la mecánica de la ficción funciona por fractales tan maquiavélicos como minuciosos: la nueva geometría del texto asume el carácter crucial de cada una de sus partes. Y las expone. Y las multiplica.
El libro es una suma de hipérboles acuclilladas, ensimismadas. Hipérboles que son hipérbolas o, más bien, lanzamientos hiperbólicos desde la trinchera de la creación dolosa hacia la fibra tenaz del ingenio lectural. El lector es lo mismo un gambusino ilusionado que un pescador estructuralista: lanzarse al abismo de Berlín 77 es caminar de espaldas y en sentido contrario el camino de la deconstrucción.
* * *
En cuanto al libro en tanto libro, ese objeto extraño, solamente una precisión:
Esta novela es una serie de cuentos perfectamente tipificables en su género. Se trata de tres relatos que, a partir de su construcción, podemos ubicar en el ámbito inequívoco de la noveleta. Vaya: hablamos de una triada de correlatos que, por la vía del cotexto, superponen sus relaciones de yuxtaposición a las funciones poético-referenciales que las contienen y definen como lo que son: una lectura tan inequívoca como polisémica, tan intensa como abarcadora, tan excéntrica como antigravitacional.
O algo así.
viernes, septiembre 03, 2004
Dalí, cierto tigre falso y Arquímedes
(entre otras maravillas inconexas)
Entonces me di cuenta: había un tigre persiguiéndome. Hace ya un mes que me encuentro en tierras cachanillas, y el muy fiera no ha dejado de rondarme desde que, allá por la rumorosa, di vuelta (devorando kilometraje en mi poderoso bólido del color de la noche) en aquella piedra enorme que divide la apacible, caótica vida mediterránea y el ámbito volcánico del valle.
…
No he tenido el gusto de encontrarlo por acá. Afortunadamente, tuvimos la oportunidad de encontrarnos en Tijuana unos cuantos días antes de mi éxodo.
Verse de frente con el señor de los portentosos, ridículos bigotes, parece una experiencia poco probable por estas tierras. Encontrárselo, además, con su cara más antigua, más viajada en el tiempo y las inclemencias de los años, deviene rubor. A un lado del título pomposo y evidente La divina comedia de Dalí resulta contrastante y medialuna. Se trata de una serie de trabajos que el buen señor se inventó para sumergirnos en el viaje de Dante a través de los vericuetos de sus masallás.
Salpicada, salpimentada aquí y allá por la irrenunciable parafernalia de Doré, la exposición fluctúa, entiendo yo, entre dos polos que, en respuesta natural a su memorable afirmación “El surrealismo soy yo”, resultan ser tres: por una parte, el ansia persistente de narrar, de continuar los plumazos del florentino, sintetizando en instantáneas garabáticas el camino pedregoso a través de los contrastados estados de las almas. Viene luego la alegoría, la reformulación en términos menos narrativos y más emblemáticos; estampas que, más que relatar, describen ciertas impresiones, idealizan determinados momentos en calidad de proyección interior. Finalmente, la rienda suelta del artista: el genio del ingenio utilizando La Comedia como mero pretexto, como un trámite elegido para hablar con su voz de niño terrible, de anciano prematuro.
Y es que Dalí nació caduco. Se inventó, nos inventó sus mundos, con el fin único de terminar (desde el principio) en estado de descomposición. Quizá otra forma de molestar tanto a sus adeptos como a sus detractores (que con frecuencia asombrosa resultaban ser los mismos), el buzo-estercolero-relojista-megalomaniaco-catalán fraguó descomponerse en un hedor que al día de hoy nos sigue enviciando.**
…
Rectifico: no se trata de un tigre, pues resulta que en tierras cachanillas estos animales hermosos (que tienen tanto de brahmán y pesadilla) no parecen darse ni en maceta indostánica. Para mayor detalle, dos excepciones que no lo son: por una parte, los nómadas circenses que, de tanto saltar aros de fuego, tienen tatemada la conciencia; por otra parte, creo recordar de mi niñez más atónita, algún gato grande comiendo engrudo en el Bosque de la Ciudad: de tigre, por supuesto, le quedaban solamente algunas rayas confundidas con su jaula/hostal, rugiendo entre mapaches y osos que tampoco lo eran.
…
Han terminado las Olimpiadas. Por fin. Como en Casa tomada, aquel cuento inquietante y claustrofóbico de Cortázar, durante un mes tuvimos todos (supongo que todos) la extraña sensación de ver invadidos uno a uno nuestros espacios de vida, de trabajo, de realidad, por fantasmas atléticos con locas ansias de heroísmo y comentaristas ávidos de encontrar la verdad de la vida en un par de calcetas usadas.
Y no me refiero, permítaseme, a la comunidad gorda y persistente de cronistas, comediantes, niñas bien y demás incordios que durante estos días estuvieron repitiendo una y otra vez estadísticas, chismorreos varios, notas informativas, capsulitas helénicas y consumismos varios por televisión. No. Esa fauna sólo hace su chamba (misma que todos pagamos).
Hablo (escribo) del gentío abrazador y abrasador de comentaristas, expertos en la materia, apostadores, fisgones, tentenelaires y demás dechados que durante un mes estuvieron, en su calidad de enjambre, zumbándonos entre ceja y oreja, a la hora del desayuno, a la hora de las compras, en plena calle, a la menor provocación, insistiendo una y otra vez con asuntos de altura, de fuerza y de velocidad que poco tienen que ver con ese suceso transitorio y permanente que es el día a día.
¿Lo irónico? Yo fui uno de ellos. Argumenté sobre asuntos que desconozco, aposté (cuando menos mentalmente) por héroes que sé voy a olvidar pronto, recusé reglas que me son ajenas, comenté sobre vidas que no me competen. Fui parte del gran fisgón.
¿Está bien, está mal? No lo sé. Celebro, en todo caso, la vuelta a la normalidad. La vida retoma sus cauces, y el mundo sigue girando.
…
Estoy convencido: no puede tratarse de un tigre. Difícilmente un animal de esas dimensiones (anatómicas, arquetípicas, ficcionales) podría haberme estado acosando todos estos días sin ser visto: zarpándome al abrir la puerta del auto, rugiendo al salir de casa, haciendo ochos en el espacio diminuto del baño, tomando por asalto la voluntad en cada alto. Alguna raya, el caracoleo de su cola, sus fauces de mordisco, el salto de su sombra: alto tendría que haber visto.
…
Un reencuentro feliz: retomo apenas la vida de todos los días, esa mezcla sana y efervescente de mundanal ruido y excursión en solitario, cuando entre tanto bagaje por acomodar, tanto horario por cuadrar y tanto félido por ser esquivado, aparecen de la nada y rumbo al todo, cinco tipos tanto más excéntricos como argentinos. Se hacen llamar Les Luthiers. Quien los conozca, sabe a quiénes me refiero; quien no, no.
Excéntricos, dije, y no puedo imaginar un adjetivo mejor: qué más alejado del centro, ese punto impreciso a la mitad de algo, que la memorable Cantata de la planificación familiar, el Vals del Segundo, o aquella aleccionadora reconstrucción de cierto conocido Teorema (especialmente entre quienes, estoy seguro que los hay, aman profundamente las inextricables leyes de la física y sus calculados avatares) acuñado por Arquímedes y acompañado por cuarteto de cuerdas y orador solista:
El físico Arquímedes en la bañera. La mente alerta, el físico desnudo, o sea, Arquímedes. Desde un principio persiguió un fin, el principio… de Arquímedes. Hasta que al fin, eureka, ha descubierto el principio, por fin. “Cuando un cuerpo se sumerge en un líquido en equilibrio, cuando ya todo es igual para él, recibe un empuje de abajo hacia arriba, ¿para ayudarlo? ¡oh, no!; el empuje es la resultante de la presión que el líquido ejerce sin piedad igual y directamente opuesta al peso del volumen del líquido desalojado por el cuerpo sumergido, oprimido, empujado…”. Y el físico Arquímedes, el que dijera “dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”, exclama ahora “dadme un toallón y saldré de la bañera”.
El punto es claro: Les luthiers, agrupación argentina de músicos, poetas y locos, están lejos, muy lejos del centro.
…
¿Cómo reconquistar una ciudad con un falso tigre acechando? Este peculiar problema, quizá cercanísimo y consuetudinario para Alejandro de Macedonia, resulta en estas latitudes y a estas fechas un asunto harto gordiano.
Mexicali, luego de un mes de cohabitación con la fiera aquella, parece todavía ruborizado, temerosos de mostrar sus bondades de tierra prometida, sus brazos abiertos de gente y solaire, sus pasos cercanos de complicidad a toda prueba. O quizá no. Quizá este tiempo fuera haya sido precisamente eso, un tiempo fuera. El caso es que la ciudad sigue ahí, lista para ser respirada, y presiento que se trata de un respiro afortunado.
La ciudad está formada por puntos y aparte, por capas de polvo reciente, por rostros que sé, estoy seguro, he visto en otra parte. En todo caso, Mexicali se asemeja cada vez más a sí misma. En fin. Mejor en principio.
En tanto termino de hacer tierra, seguiré investigando el asunto del falso tigre. Creo que me estoy aproximando. Presiento su vaho cercano.
…
¿Es esta una declaración intimista? Evidentemente.
(entre otras maravillas inconexas)
Entonces me di cuenta: había un tigre persiguiéndome. Hace ya un mes que me encuentro en tierras cachanillas, y el muy fiera no ha dejado de rondarme desde que, allá por la rumorosa, di vuelta (devorando kilometraje en mi poderoso bólido del color de la noche) en aquella piedra enorme que divide la apacible, caótica vida mediterránea y el ámbito volcánico del valle.
…
No he tenido el gusto de encontrarlo por acá. Afortunadamente, tuvimos la oportunidad de encontrarnos en Tijuana unos cuantos días antes de mi éxodo.
Verse de frente con el señor de los portentosos, ridículos bigotes, parece una experiencia poco probable por estas tierras. Encontrárselo, además, con su cara más antigua, más viajada en el tiempo y las inclemencias de los años, deviene rubor. A un lado del título pomposo y evidente La divina comedia de Dalí resulta contrastante y medialuna. Se trata de una serie de trabajos que el buen señor se inventó para sumergirnos en el viaje de Dante a través de los vericuetos de sus masallás.
Salpicada, salpimentada aquí y allá por la irrenunciable parafernalia de Doré, la exposición fluctúa, entiendo yo, entre dos polos que, en respuesta natural a su memorable afirmación “El surrealismo soy yo”, resultan ser tres: por una parte, el ansia persistente de narrar, de continuar los plumazos del florentino, sintetizando en instantáneas garabáticas el camino pedregoso a través de los contrastados estados de las almas. Viene luego la alegoría, la reformulación en términos menos narrativos y más emblemáticos; estampas que, más que relatar, describen ciertas impresiones, idealizan determinados momentos en calidad de proyección interior. Finalmente, la rienda suelta del artista: el genio del ingenio utilizando La Comedia como mero pretexto, como un trámite elegido para hablar con su voz de niño terrible, de anciano prematuro.
Y es que Dalí nació caduco. Se inventó, nos inventó sus mundos, con el fin único de terminar (desde el principio) en estado de descomposición. Quizá otra forma de molestar tanto a sus adeptos como a sus detractores (que con frecuencia asombrosa resultaban ser los mismos), el buzo-estercolero-relojista-megalomaniaco-catalán fraguó descomponerse en un hedor que al día de hoy nos sigue enviciando.**
…
Rectifico: no se trata de un tigre, pues resulta que en tierras cachanillas estos animales hermosos (que tienen tanto de brahmán y pesadilla) no parecen darse ni en maceta indostánica. Para mayor detalle, dos excepciones que no lo son: por una parte, los nómadas circenses que, de tanto saltar aros de fuego, tienen tatemada la conciencia; por otra parte, creo recordar de mi niñez más atónita, algún gato grande comiendo engrudo en el Bosque de la Ciudad: de tigre, por supuesto, le quedaban solamente algunas rayas confundidas con su jaula/hostal, rugiendo entre mapaches y osos que tampoco lo eran.
…
Han terminado las Olimpiadas. Por fin. Como en Casa tomada, aquel cuento inquietante y claustrofóbico de Cortázar, durante un mes tuvimos todos (supongo que todos) la extraña sensación de ver invadidos uno a uno nuestros espacios de vida, de trabajo, de realidad, por fantasmas atléticos con locas ansias de heroísmo y comentaristas ávidos de encontrar la verdad de la vida en un par de calcetas usadas.
Y no me refiero, permítaseme, a la comunidad gorda y persistente de cronistas, comediantes, niñas bien y demás incordios que durante estos días estuvieron repitiendo una y otra vez estadísticas, chismorreos varios, notas informativas, capsulitas helénicas y consumismos varios por televisión. No. Esa fauna sólo hace su chamba (misma que todos pagamos).
Hablo (escribo) del gentío abrazador y abrasador de comentaristas, expertos en la materia, apostadores, fisgones, tentenelaires y demás dechados que durante un mes estuvieron, en su calidad de enjambre, zumbándonos entre ceja y oreja, a la hora del desayuno, a la hora de las compras, en plena calle, a la menor provocación, insistiendo una y otra vez con asuntos de altura, de fuerza y de velocidad que poco tienen que ver con ese suceso transitorio y permanente que es el día a día.
¿Lo irónico? Yo fui uno de ellos. Argumenté sobre asuntos que desconozco, aposté (cuando menos mentalmente) por héroes que sé voy a olvidar pronto, recusé reglas que me son ajenas, comenté sobre vidas que no me competen. Fui parte del gran fisgón.
¿Está bien, está mal? No lo sé. Celebro, en todo caso, la vuelta a la normalidad. La vida retoma sus cauces, y el mundo sigue girando.
…
Estoy convencido: no puede tratarse de un tigre. Difícilmente un animal de esas dimensiones (anatómicas, arquetípicas, ficcionales) podría haberme estado acosando todos estos días sin ser visto: zarpándome al abrir la puerta del auto, rugiendo al salir de casa, haciendo ochos en el espacio diminuto del baño, tomando por asalto la voluntad en cada alto. Alguna raya, el caracoleo de su cola, sus fauces de mordisco, el salto de su sombra: alto tendría que haber visto.
…
Un reencuentro feliz: retomo apenas la vida de todos los días, esa mezcla sana y efervescente de mundanal ruido y excursión en solitario, cuando entre tanto bagaje por acomodar, tanto horario por cuadrar y tanto félido por ser esquivado, aparecen de la nada y rumbo al todo, cinco tipos tanto más excéntricos como argentinos. Se hacen llamar Les Luthiers. Quien los conozca, sabe a quiénes me refiero; quien no, no.
Excéntricos, dije, y no puedo imaginar un adjetivo mejor: qué más alejado del centro, ese punto impreciso a la mitad de algo, que la memorable Cantata de la planificación familiar, el Vals del Segundo, o aquella aleccionadora reconstrucción de cierto conocido Teorema (especialmente entre quienes, estoy seguro que los hay, aman profundamente las inextricables leyes de la física y sus calculados avatares) acuñado por Arquímedes y acompañado por cuarteto de cuerdas y orador solista:
El físico Arquímedes en la bañera. La mente alerta, el físico desnudo, o sea, Arquímedes. Desde un principio persiguió un fin, el principio… de Arquímedes. Hasta que al fin, eureka, ha descubierto el principio, por fin. “Cuando un cuerpo se sumerge en un líquido en equilibrio, cuando ya todo es igual para él, recibe un empuje de abajo hacia arriba, ¿para ayudarlo? ¡oh, no!; el empuje es la resultante de la presión que el líquido ejerce sin piedad igual y directamente opuesta al peso del volumen del líquido desalojado por el cuerpo sumergido, oprimido, empujado…”. Y el físico Arquímedes, el que dijera “dadme un punto de apoyo y moveré al mundo”, exclama ahora “dadme un toallón y saldré de la bañera”.
El punto es claro: Les luthiers, agrupación argentina de músicos, poetas y locos, están lejos, muy lejos del centro.
…
¿Cómo reconquistar una ciudad con un falso tigre acechando? Este peculiar problema, quizá cercanísimo y consuetudinario para Alejandro de Macedonia, resulta en estas latitudes y a estas fechas un asunto harto gordiano.
Mexicali, luego de un mes de cohabitación con la fiera aquella, parece todavía ruborizado, temerosos de mostrar sus bondades de tierra prometida, sus brazos abiertos de gente y solaire, sus pasos cercanos de complicidad a toda prueba. O quizá no. Quizá este tiempo fuera haya sido precisamente eso, un tiempo fuera. El caso es que la ciudad sigue ahí, lista para ser respirada, y presiento que se trata de un respiro afortunado.
La ciudad está formada por puntos y aparte, por capas de polvo reciente, por rostros que sé, estoy seguro, he visto en otra parte. En todo caso, Mexicali se asemeja cada vez más a sí misma. En fin. Mejor en principio.
En tanto termino de hacer tierra, seguiré investigando el asunto del falso tigre. Creo que me estoy aproximando. Presiento su vaho cercano.
…
¿Es esta una declaración intimista? Evidentemente.
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